Sete quedas (Texto de Carlos Sosa)

Sete quedas (Texto de Carlos Sosa)

Sete quedas

Luces y sonido evocan, no sin un fuerte dejo melancólico, a los hoy negados Saltos del Guairá; fenómeno natural con siete caídas –sete quedas- de las rugientes aguas del río Paraná, reconocido y recordado como un espectáculo inquietante y sublime en su género. Anegado desde el año 1982 por las aguas del embalse de Itaipú, resignó
–¿para siempre?- ofrecer su belleza y singularidad natural al ser humano.

Esta desaparición condicionada acrecienta y exacerba su sesgo mítico: por un lado, el imaginario nutrido en el tiempo por relatos casi fantásticos referidos a su dificultosa accesibilidad y a su desmesurada magnitud; por el otro lado, la posición geográfica fronteriza que, a la larga, tensa la historia y predispone el espíritu, las emociones y el entendimiento en la puja por la soberanía y el poder territorial: de ahí el juego irónico con la denominación portuguesa sete quedas.

Someter, dominar y explotar la naturaleza definen el temperamento occidental y cincelan el imaginario creativo y civilizatorio desplegados como herramientas operativas e instrumentales del cambio y el progreso, aún en detrimento de las diversas y complejas condiciones ambientales: la soberana energía obtenida de la ferocidad hídrica yace sobre la desaparición y el sacrificio irreversibles de lo vital natural y ambiental.

Durante mucho tiempo el arte miró la naturaleza buscando comprender sus principios creadores y procuró basar sus objetivos en ellos o, por lo menos, recrearlos. La belleza de la naturaleza, por ejemplo, representada en los diversos sistemas –paisaje, bodegón, retrato-, antes que huera imitación ponía en escena valores y verdades universales en poesía formal. Hoy, ante una naturaleza agredida y violentada, el arte propone una reflexión crítica como alternativa de reconciliación entre lo natural y lo humano.

El arte de nuestros días, aún en sus regodeos tecnológicos, apuesta por la eficacia conceptual buscando motivar conciencias y alentar responsabilidad socio-histórica más allá de la seducción matérica y la eficacia técnica y gestual. Así, el sonido y la luz integrados de esta propuesta no se diluyen en esteticidad, sino movilizan un universo metafórico que remite a valores socioambientales en pleno proceso de destrucción y despojo.

Quizá la propuesta, esta vez trabajando el agua con mucha sutileza, oficie de testimonio de algo ausente, desaparecido, sugiriendo en la representación, en el sentido de lo que se hace presente, la única posibilidad de imaginar y reavivar aquello que fue y que deseamos vuelva a ser y estar.

William Paats trabaja medios artísticos para, además, advertir y denunciar, y no lo hace por primera vez, que dependemos socio cultural e históricamente del contexto natural cuya condición primera es la de la reconciliación entre naturaleza y humanidad.

Carlos Sosa Rabito
As., junio de 2013